21 jun 2013

Liberarse de la violencia: Sobre agresión y política


 
Nos estamos acostumbrando con demasiada rapidez a las imágenes de la violencia que circulan por los medios de comunicación a propósito de las marchas y tomas. En la última semana aparte de la desmesurada ocupación de la Casa Central de la Universidad de Chile vimos como Pedro Aguilera, presidente del centro de alumnos del Liceo Barros Borgoño, era arrastrado y golpeado estando inconsciente por un grupo de Carabineros de Fuerzas Especiales. Ambas escenas se unen a muchas otras que se están integrando a un estado de violencia normalizada que incluye el asesinato. Si esto ya de por si no fuera alarmante resulta que son las propias autoridades las que justifican este tipo de acciones desmesuradas. En efecto, la cuarta ministra de educación -Carolina Schmidt- declaró hace pocos días que a su parecer lo único que quedaba era reprimir las manifestaciones, lo cual demuestra su incapacidad política para convocar al dialogo y al mismo tiempo demuestra su ignorancia respecto de lo que es un estado democrático, ya que las manifestaciones no debieran reprimirse por defecto, sino que lo que cabe reprimir –de modo ajustado a la ley- son ciertos actos delictivos que se producen a propósito de las marchas. 
 

Su posición es tan absurda como intentar reprimir las fiestas de cumpleaños porque, eventualmente, algunos participantes se emborrachan y generan accidentes de tráfico. El ejemplo pueril que acabo de dar es necesario porque a ese nivel ha llegado la reflexión política de quienes nos gobiernan.

Las autoridades desgraciadamente están usando los actos de violencia como modo de justificar el inmenso descredito de la política gubernamental respecto de la educación, de modo que lo importante quede opacado por lo accidental. Pero el problema es que la violencia no es algo con lo cual se pueda jugar de modo impune, ya que la violencia tiene su propia lógica y dinámica que excede incluso a quienes participan de ella. 

Lo que menos se discute es por qué existe este clima de violencia que como indicaba al comienzo se está volviendo normal. Mario Ruiz ganó el premio a la Mejor Foto del Año 2012, otorgado por la Unión de Reporteros Gráficos y Camarógrafos de Chile. En ella se ve una pareja de secundarios encapuchados, que caminan de la mano como cualquier pareja al tiempo que llevan grandes piedras. La imagen tiene una gran potencia expresiva, en la que al mismo tiempo se conjugan la ternura adolescente de descubrimiento del mundo y la violencia contenida que está a punto de estallar. La foto logra capturar un conjunto de elementos contradictorios; el amor y la agresión contenida, una situación desbordada en la que la pareja está inmersa y que no se ve en la foto pero que fácilmente se puede adivinar. Como toda gran fotografía tiene otros elementos que nos pueden servir para comprender la dinámica de la violencia, ya que por una parte vemos la construcción de la propia identidad mediante la violencia, como una fuerza expresiva que pretende romper con unas determinadas relaciones de poder.
Aquí es donde termina la foto, ya que dichas relaciones a través de sus propias violencias escriben la identidad de estos jóvenes desde muy temprano, de un modo habitual. Nos encontramos no sólo ante una violencia cotidiana vivida en un mal sistema educativo que te recuerda todo lo que no podrás llegar a ser. Por otra parte, estos muchachos son los que tienen que recurrir a sistemas de salud que propagan una sensación de maltrato y abuso. Que ven en la vida de sus padres todas las rutinas de vidas grises. Mirar la vida como un cementerio de tus propios sueños ya es una violencia original creada por un sistema que no cuenta con las personas salvo como recursos humanos. Eso es lo que no sale en la foto, pero es su contexto esencial.
En consecuencia, una parte importante de nuestra identidad es escrita a partir de la violencia en la que estamos situados y frente a ella se puede reaccionar en un arco que va desde un modo pasivo absorbiéndola, ya sea como una víctima consciente o incluso ignorante (para eso está la telebasura) o bien rebelándose ante ella. La rebelión puede tomar formas diversas pero esto tiene mucho que ver con los recursos culturales disponibles y su falta es justamente uno de los elementos críticos. Es en ello que la buena política, una que hay que necesariamente inventar, tiene mucho que aportar, ya que de lo que aquí se trata es de llegar a comprender cómo hemos llegado a ser quienes somos. Cómo esta violencia nos constituye, como esta ira forma parte de nuestra realidad, pero no forma parte sustancial de nosotros. Que en realidad podemos deshacernos de las marcas de la violencia transformando su negatividad en una nueva creatividad. Hace muchos años escuché una historia que siempre he recordado por su profundidad y universalidad: un profesor me contó que conversando con un viejo sindicalista que había logrado mantenerse en paz y cuerdo en medio de la Guerra Civil Española y de la dictadura franquista que marcó gran parte de su vida, le indicó como su secreto lo siguiente: “el odio hacía quienes te oprimen es la marca más profunda que estos te dejan. Liberarse incluso del odio es la liberación final.”  
Aquí cabe una reflexión respecto de la foto de Ruiz, ya que mucha gente ha reaccionado ante ella con emociones mezcladas, ya que les rememora su propia adolescencia en tiempos de dictadura. La imagen es vista con cierto romanticismo heroico e incluso con admiración. Me parece que hay que tener cuidado con esto, ya que vivimos en una sociedad que de múltiples modos hace de la violencia un valor e incluso le da una forma estética. Para aquellos que formamos parte del movimiento de la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago, FESES, en la dictadura sabemos que la violencia deja marcas indelebles y que hay mucho sacrificio invisible en la movilización social. Por ende debiéramos alejarnos de cualquier forma de admiración de la violencia.
Son muchas las formas para transformar la violencia en una energía creativa que rompa con la dinámica autosustentada de la agresión. Todas esas formas, que no son excluyentes entre sí, confluyen en una sola gran cuestión: crear nuevos modos de sociabilidad más sanos para todos. Una de las cuestiones que hay que evitar entonces es construir identidad por medio de la violencia, ya que una cosa es reconocerse como un sujeto violentado y otra muy diferente es tomar esto como la base existencial de quienes somos. Lo bueno de la política es que nos ayuda a reconocer que aquello que parece un mandato divino, un designio del destino o el lado oscuro del azar al cual debemos obediencia, aceptación resignada o miedo es -en última instancia- un problema a resolver. Un problema que a veces nos desborda y que por ende requiere una fuerte acción y voluntad común, pero que siempre será una situación abordable a través de la razón y la ecuanimidad.
Volviendo a la foto de Mario Ruiz es bueno pensar que el futuro de estos muchachos no está cerrado por las dinámicas de agresión, que incluso están respaldadas institucionalmente. Que la ternura contenida en la imagen puede superar a la agresión latente. Ciertamente podemos escuchar una multitud de argumentos en contra de esto, razones que enfatizarán un pesimismo profundo –mitad inacción, mitad nihilismo-, pero lo que se olvida es que no podemos permitirnos ser pesimistas, porque es mucho lo que está en juego. No es aceptable que la agresión sistémica sea la formadora de varias generaciones de chilenos.

Como suele decirse, frente al pesimismo de la razón hay que oponer por necesidad el optimismo de la voluntad.







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