15 mar 2011

El sentido de una deuda histórica


Desde hace algún tiempo el término “deuda histórica” aparece con mayor frecuencia para recordarnos lo imperfecta que es nuestra democracia, las falencias de nuestra cultura política y lo incompleto del reconocimiento a diversos grupos y sus historias específicas. Tanto en el caso del pueblo Mapuche como en el caso de los profesores ciertamente hay una profunda deuda que tiene el carácter de histórica no sólo por lo extenso del problema en el tiempo, conmensurable en generaciones y décadas, sino por la magnitud que ha cobrado. Así, la expresión deuda histórica tiene la dimensión de un problema casi monumental –en el peor sentido del término- que no ha sido resuelto y que manifiesta la falta de voluntad o la simple incompetencia, no sólo de los gobiernos, sino de la propia sociedad chilena para enfrentarse a sus dilemas.
Las deudas históricas conllevan algo más profundo que las reivindicaciones de ciertos grupos de nuestra sociedad. Tienen también el peso de la humillación a la que dichos grupos han sido sometidos no solamente por los hechos que causaron el problema inicial, sino que además se suma la humillación del olvido, la transformación de un problema en una condición permanente que la política no es capaz de resolver por medios democráticos y que suma nuevas agresiones, provocando así la profundidad temporal que supone la condición de deuda.
La falta de reconocimiento del Estado frente a estas deudas históricas, negándose incluso al debate sobre ellas, sólo agudiza la situación y lo posterga para que alguien más se haga cargo…en el futuro. Resulta sintomático de esto que hace algunas semanas el Subsecretario de Interior Patricio Rosende consultado sobre cómo el gobierno abordaría las demandas históricas del pueblo mapuche declaró irónicamente que esos eran temas de historiadores y filósofos, no de la política presente, queriendo indicar así dos cosas: la primera, que el tema en cuestión no era un tema políticamente vigente y por ende debían dedicarse a ello –si lo querían- justamente los que se dedican, supuestamente, a lo inactual. De allí se sigue una segunda cuestión; cuando se quiere convertir a un problema candente en algo irrelevante se lo lanza al cajón de las disciplinas consideradas inocuas y carentes de importancia política, como si se tratara de un libro perdido en una biblioteca.
Las deudas históricas tienen una condición cíclica, ya que vuelven una y otra vez hasta que se resuelven, pero en ese proceso se agravan y se degradan las posibilidades de dialogo. Se vuelven más violentas porque la sensación de humillación se acrecienta por la falta de reconocimiento y la deliberada minimización por parte de quienes tienen la responsabilidad de solucionar conflictos, pero que creen la gobernabilidad es que no haya conflictos o que si estos existen oscurecerlos. Visto desde ese punto de vista el arte de gobernar es el arte de dilatar, de agotar por cansancio creyendo que la memoria es frágil y que el tiempo que realmente importa es el de la pequeña política, aquella que no mira más allá del límite de un gobierno.
Bien puede considerarse que la mayor responsabilidad en este tipo de situaciones recae en quienes tienen mayor poder y resulta muy evidente que en estos casos se trata del Estado y particularmente del gobierno. Por ello resulta muy desalentadora la absurda y provocadora respuesta de la Ministra de Educación frente a la situación de los profesores. Es cierto que ha habido una mejora de las remuneraciones y que se ha invertido mucho dinero, pero también es cierto que la municipalización fracasó y que la realidad vista desde un aula es muy diferente de la realidad vista desde una oficina ministerial o a través de un estudio que simplemente arroja cifras, pero no aborda cualitativamente el problema, así como también es verdad que se hace recaer el peso de la mala calidad de la educación en los profesores y en el Estatuto Docente que muy pocos han leído. Bien vale la pena preguntarse por la responsabilidad del propio Ministerio y una reforma que supuestamente era modélica y que luego –como el rey desnudo- se hizo evidente su fracaso.
Por ende para que exista diálogo es necesario reconocer que efectivamente existen deudas de tamaño histórico, producto de errores de gobiernos anteriores. Pero así es la política en sentido profundo, resolver problemas y no simplemente confundir la paz social con la dilatación.

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