15 mar 2011

Mineros atrapados en Chile: Cuando el negocio es arriesgar la vida ajena

Mientras escribo estas líneas el destino de los mineros atrapados en la mina San José ha dado un vuelco hacia la esperanza. Sin embargo, a sus empleadores nada cabe agradecer. Se han ocultado y lo más llamativo que han hecho es ayudarse a sí mismos contratando un bufete de abogados. El camino que llevó a esta situación es típica de una cierta mentalidad de hacer negocios que supone que los derechos laborales, las medidas de seguridad e incluso la propia vida de los trabajadores es parte de los factores de ajuste de la ganancia. Así, la vida, los derechos y la seguridad entran en el campo de los bienes transables, despojados de una consideración moral intrínseca y del sentido de responsabilidad social de la cual tanto se habla y muy poco se practica.



Este modo de hacer negocios se ha vuelto tan corriente que los accidentes laborales se han vuelto una parte “normal” de los noticiarios, más aun cuando estamos en condiciones de desregulación de las normas laborales y la Inspección del Trabajo desde hace tiempo es poco más que un buzón de reclamos y no por sus fiscalizadores, sino porque la autoridad política se inhibe hasta el escándalo. No se trata de que estemos a merced de unos empresarios inescrupulosos (cosa que no sé), sino de que la forma misma de hacer negocios se ha vuelto perversa. Desde ese punto de vista, como dice Noam Chomsky, debemos distinguir entre la institución o los modos de relación y las personas que están involucradas en ellas. Siguiendo ese ejemplo, la institución de la esclavitud es intrínsecamente perversa, aunque las personas que participan de ellas puedan ser muy buenos vecinos, padres, miembros de la comunidad, etc. Pero, en cuanto partícipes de la institución de la esclavitud son moralmente perversos. Extendiendo esa reflexión a muestra realidad vemos que las personas que toman las decisiones respecto de la seguridad y el riesgo de los trabajadores pueden ser muy buenas personas, pero desde un punto de vista estructural vemos que su rol es altamente cuestionable. Cuando pagar las multas, las indemnizaciones e incluso los seguros de vida por muertes en accidentes laborales perfectamente evitables se vuelve un modo de gestión normal, que considera lo anterior como un costo menor que cumplir la ley y las normas sociales, tenemos un problema grave, muy grave.
En efecto, poner la búsqueda de ganancias como valor supremo por sobre la vida, seguridad e integridad de los trabajadores es  algo que nos afecta a todos en nuestra propia condición de trabajadores. La racionalidad de esta forma de gestionar el trabajo implica neutralizar normas éticas básicas expresadas en la ley y en los mínimos morales aceptables en una sociedad que se pretende democrática. Dicha neutralización se lleva a cabo mediante muchos modos. Quisiera destacar una que aquí se ha desplegado en toda su magnitud. Me refiero a la “intermediación burocrática” que hace que los procedimientos  formen parte de una rutina sistemática donde abstracciones como “la empresa”, “el sistema”, “los jefes”, etc., vuelven invisibles a quienes toman las decisiones y al mismo tiempo diluye la responsabilidad individual, así como los cuestionamientos morales que pudieran surgir. Esta modalidad de neutralización moral se ha vuelto tan sofisticada que hemos llegado a aceptarla como una parte central y necesaria de las relaciones productivas modernas. Si las cosas salen mal la responsabilidad será personal, si es que ésta logra llegar a identificársela y probarla en tribunales, pero la responsabilidad institucional quedará en el mayor de los casos diluida en esta intermediación burocrática.
El juego del riesgo es algo que está plenamente institucionalizado y forma parte de la cultura empresarial que raramente se aborda en los curso de Ética Laboral o similares. Por el contrario, estas asignaturas tienen una estructura unilateral, orientada a motivar a que los trabajadores den lo máximo de sí a sus empresas, ya que se supone la existencia de un compromiso mutuo, no solamente laboral, sino también moral. Pero el problema, nada menor, es que no se aborda la responsabilidad inversa, la de la empresa con sus trabajadores.
Durante siglos los humanos se han esforzado denodadamente por alejar el riesgo de sus vidas y en muchos campos lo hemos conseguido. Sin embargo, la fuerte desregulación del trabajo, la intermediación burocrática y la búsqueda de ganancias a cualquier costo ha vuelto a introducir al riesgo como un elemento central de nuestras vidas. Ciertamente el riesgo no está distribuido igualitariamente en la sociedad. Este recae sobre los trabajadores, especialmente los subcontratados, más que en los directivos o los trabajadores de cuello blanco. Si consideramos a las empresas como instituciones programadas para generar recursos para sus dueños y accionistas, sin un contrapeso fuerte por parte de los ciudadanos y sus instituciones, lo que vemos entonces es el retorno de la lucha de los más fuertes contra los más débiles o, dicho de una manera más directa, la desnudez de la lucha de clases. El empresario minero ve los metales, los índices de transacción y lo que ganará, mientras el minero ve al fondo de la mina el pan que tiene que poner en su mesa, lo cual es un objetivo imperativo que lo obliga a aceptar el riesgo.
De este modo, el libro de contabilidad donde se ingresas los costos y las ganancias se vuelve el tablero donde saltan los dados de la vida de mucha gente. Vidas ajenas que no forman parte, desgraciadamente, de la gran historia de este país. ¿A quienes deberíamos exigirles una solución contundente a esta nefasta situación? Primeramente a nosotros mismos, en cuanto ciudadanos responsables, porque al menos desde un punto de vista egoísta debiéramos  preocuparnos del riesgo que pende sobre nosotros. En segundo lugar debiéramos exigir a los políticos de todos los sectores responsabilidad para mejorar y aplicar  de verdad las leyes. Y aquí es necesario destacar que hay responsabilidades compartidas, porque la Concertación en sus 20 años no alteró radicalmente esta situación, ni tampoco la derecha ha ayudado en algo.
Claramente no les podemos pedir a los empresarios moralmente irresponsables que cambien su actitud. Eso sería  una grave ingenuidad, pero podemos exigirle a la autoridad política que haga cumplir las leyes y que el juego de arriesgar las vidas ajenas termine definitivamente. Mientras tanto mi último pensamiento es para esos trabajadores atrapados en lo profundo de la tierra, ya que no están allí por accidente, sino porque alguien apostó sus vidas. Esperemos que salgan de allí para tener una nueva vida.

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